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Los coreanos aman los pinos. Aman su figura y la forma en que permanecen verdes, como un símbolo de eternidad, sin importar la estación. Los coreanos aman los pinos que se elevan erguidos hacia el cielo, pero también aman a aquellos torcidos e inclinados. Aman tanto el pino solitario como los grupos que forman densos bosques. Las montañas de Corea, hoy como antaño, están cubiertas de pinos. Los pinos se hallan en armonía con el terreno y modelan no sólo el paisaje coreano, sino también la mentalidad coreana.
En el pasado, cuando a la gente le costaba ganarse la vida, la magra primavera llegaba cada año. La primavera era un tiempo en que se sentía el hambre; los pocos granos que habían sido cosechados en el otoño ya se habían terminado, habiendo sido consumidos durante el largo invierno, y la nueva cosecha aún no había crecido. En esos días, la gente solía comer la corteza de los pinos jóvenes para llenar su estómago. En cambio, los pudientes recolectaban el polen del pino y lo mezclaban con miel para preparar tortas. Durante el tiempo de cosecha en otoño, las tortas de arroz eran cocinadas al vapor con fragantes agujas de pino para celebrar el festival lunar de la cosecha, Ch'usok.
Los coreanos solían utilizar los pinos para construir sus casas, ya se tratara de una casa con techo de paja o de tejas. Las casas tenían un sistema de calefacción debajo del piso, denominado ondol, que funcionaba conduciendo el humo y el calor que procedían de una fuente de calor tal como un fuego en la cocina, por debajo de los pisos de piedra, calentándolos. El combustible para el fuego no era otro que la madera de pino.
Además de ello, la mayoría de los muebles en el pasado estaba hecha de madera de pino. Dichos muebles poseían una belleza sutil que mostraba el tinte natural de la madera. Al morir, los coreanos eran colocados en un ataúd de pino y enterrados en un pinar cerca de su pueblo natal. Lluvia y nieve caerían sobre ese pinar, con el lento transcurrir del tiempo.
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