Opinión

02.06.2026

El presidente coreano Lee Jae Myung (derecha) estrecha la mano de la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, durante la cumbre bilateral realizada el 19 de mayo en un hotel de Andong, en la provincia de Gyeongsang-do. | Cheong Wa Dae

El presidente coreano Lee Jae Myung (derecha) estrecha la mano de la primera ministra japonesa, Sanae Takaichi, durante la cumbre bilateral realizada el 19 de mayo en un hotel de Andong, en la provincia de Gyeongsang-do. | Cheong Wa Dae




Por Hosaka Yuji
Profesor del programa de posgrado en Administración Pública de la Universidad de Corea


La tercera cumbre bilateral entre el presidente coreano Lee Jae Myung y la primera ministra japonesa Sanae Takaichi se celebró el 19 y 20 de mayo en la ciudad de Andong, en la provincia de Gyeongsang-do. En una atmósfera de cordialidad, ambos líderes mantuvieron una amplia comunicación que abarcó temas como la seguridad económica, la cooperación energética y la respuesta conjunta a Corea del Norte, consolidando formalmente la denominada "diplomacia de itinerante" entre Corea y Japón. Sin embargo, detrás de esta fachada de sintonía, la realidad subyacente es compleja: las relaciones bilaterales se encuentran en una dura fase de prueba, donde la "inevitable necesidad de cooperar" se cruza frontalmente con una "desconfianza difícil de disipar".

El ámbito de la cooperación en materia de seguridad es el reflejo más nítido de esta dualidad. El Gobierno japonés busca activamente suscribir con Seúl el Acuerdo de Adquisición y Apoyo Mutuo (ACSA, por sus siglas en inglés), un marco diseñado para canalizar asistencia logística militar mediante el intercambio recíproco de municiones, combustible y servicios de transporte. Tokio ya ha ratificado pactos similares con socios clave como Estados Unidos, Australia y el Reino Unido. Así, en un escenario marcado por la expansión marítima de China y el constante desafío nuclear y balístico de Corea del Norte, la estrategia nipona apunta a tejer una red de cooperación militar práctica también con el Sur. De hecho, durante la reunión diplomática y de defensa bilateral "2+2" a nivel de viceministros, celebrada el 7 de mayo, la delegación japonesa solicitó formalmente la firma de dicho acuerdo.

Sin embargo, la cautela de Seúl es profunda, coexistiendo un enérgico rechazo social hacia una eventual "integración militar con Japón". En particular, los sectores progresistas lideran una firme postura de oposición bajo el argumento de que el ACSA equivaldría, de facto, a la "suscripción de una alianza militar bilateral". Mientras los contenciosos históricos y territoriales sigan sin resolverse por completo, el sentir popular se resistirá a respaldar cualquier expansión de los lazos con Tokio.

Ante este panorama, Japón ha optado por tantear cooperaciones de carácter limitado en lugar de un tratado integral. El "reabastecimiento mutuo de combustible" entre las aeronaves militares de ambos países se perfila como el ejemplo más claro: la hoja de ruta de Japón aspira a estructurar —siquiera de forma parcial— un mecanismo para que sus cazas y aviones de patrulla marítima puedan repostar en bases surcoreanas, con la mirada puesta en posibles escenarios de contingencia en el estrecho de Taiwán o en la propia península coreana. De hecho, en otoño del año pasado, el Ejecutivo japonés ya evaluó la viabilidad de realizar maniobras conjuntas y cooperar en materia de repostaje en las inmediaciones de Okinawa.

Pero esta perspectiva no tardó en desmoronarse. El pasado mes de noviembre, tras el vuelo del equipo de acrobacia aérea de la Fuerza Aérea de Corea, onocido como las Águilas Negras, sobre el islote de Dokdo, el Gobierno japonés reaccionó con firmeza cancelando el reabastecimiento de combustible previsto en Okinawa. Si bien el Gobierno japonés justificó oficialmente la medida como una "decisión operativa", en Corea se propagó la profunda desconfianza de que Japón instrumentaliza la cooperación militar para apuntalar sus reclamaciones territoriales. Por su parte, en el archipiélago nipón llovieron las críticas que cuestionaban por qué Japón debía cooperar con Corea si estaba haciendo maniobras en su territorio; una postura japonesa que, desde la perspectiva de Corea, resulta a todas luces inaceptable.

A pesar de este bache, ambos partes se encuentran en consultas para reprogramar dicha cooperación de repostaje a principios de este mes de junio. No obstante, cabe preguntarse si llegará a buen puerto. Más allá de la viabilidad técnica, esta cooperación está inexorablemente condenada a una extrema inestabilidad política.

En el fondo, el mayor talón de Aquiles de las relaciones bilaterales entre Corea y Japón radica en la brecha insalvable entre la "necesidad estratégica" y el "sentimiento popular". Desde la óptica estrictamente de seguridad, la entente bilateral es indispensable: el intercambio de información sobre las maniobras misiles de Corea del Norte, la respuesta a las incursiones navales de China y Rusia, y la defensa de las líneas de comunicación marítima, son áreas donde la coordinación mutua resulta lógica y pragmática. Asimismo, el Gobierno estadounidense sitúa la alianza trilateral (Estados Unidos, Corea y Japón) en el núcleo de su estrategia para el Indopacífico. A pesar de esto, la mayoría de los coreanos albergan temor ante la posibilidad de que el Gobierno japonés utilice al Ejército coreano para sus propios fines operativos o, peor aún, que este acercamiento sirva como trampolín para una eventual remilitarización expansionista en la península coreana.

La dimensión de la seguridad económica sigue un patrón idéntico. En pleno proceso de reconfiguración de las cadenas de suministro de semiconductores, baterías y tierras raras, ambas partes operan simultáneamente como competidores y como eslabones de una profunda interdependencia. Mientras Japón es una potencia en el sector de materiales y componentes, Corea se destaca por su sobresaliente capacidad manufacturera. Asimismo, en el ámbito energético, ambas potencias comparten amplios intereses comunes que abarcan desde el abastecimiento de gas natural licuado (GNL) hasta el aprovechamiento del hidrógeno y de la tecnología de energía nuclear. En definitiva, la premisa de que "la falta de cooperación acarrea perjuicios mutuos" es hoy una realidad más incontestable que nunca.

No obstante, la arraigada desconfianza bilateral continúa actuando como un lastre. Si bien asuntos de índole social e histórica —como el trabajo forzado y el caso de las mal llamadas "mujeres de confort" o "wianbu", quienes fueron sometidas a la esclavitud sexual por el Ejército imperial japonés antes y durante la Segunda Guerra Mundial— han quedado jurídicamente zanjados, estos han mutado en complejas disputas sobre la percepción histórica y el nacionalismo. Y es que, en Corea, la política exterior hacia Japón tiende a oscilar con cada alternancia de Gobierno; mientras tanto, en Japón prevalece una visión escéptica según la cual Corea, tarde o temprano, volverá a reabrir los expedientes del pasado. Del mismo modo, la cooperación en seguridad se precipita de inmediato hacia la confrontación en cuanto se entrelaza con las disputas territoriales. El reciente fiasco en la cooperación bilateral es el reflejo más fidedigno de esta intrínseca fragilidad en los lazos bilaterales.

A esto se suma la palpable disparidad en la percepción que ambas naciones tienen sobre China. Tras las declaraciones de la primera ministra Takaichi sobre Taiwán en noviembre del año pasado, que actuaron como detonante, Japón y China han elevado drásticamente sus niveles de alerta mutua. Por el contrario, Corea no puede permitirse el lujo de soslayar sus vitales vínculos económicos con el gigante asiático, manteniendo una postura de extrema cautela ante un eventual escenario de contingencia en el estrecho de Taiwán. Por consiguiente, aunque Corea y Japón convergen plenamente en la "respuesta contra Corea del Norte", distan mucho de mirar en la misma dirección cuando se trata de "contener a China".

A la luz de estos factores, resulta inviable catalogar la actual cooperación bilateral como una "amistad plena". La realidad apunta a que ambas naciones están destinadas a mantener una relación pragmática: un pacto limitado en el que se estrechan la mano solo en las áreas estrictamente necesarias mientras coexisten con la desconfianza. En este contexto, las barreras para la ratificación integral del ACSA siguen siendo sumamente elevadas. Lo más factible será consensuar inicialmente acuerdos parciales enfocados en la asistencia ante desastres naturales, el suministro logístico básico y el intercambio de inteligencia, obligando a Japón a dar un paso atrás en sus aspiraciones de un tratado definitivo.

La cumbre de Andong ha proyectado al mundo que las relaciones entre Corea y Japón se adentran en una nueva etapa. Sin embargo, este escenario dista mucho de una reconciliación idílica; las espoletas de las disputas históricas y territoriales permanecen activas. Aun así, el imperativo geopolítico exige mantener la cooperación en materia de reabastecimiento. El desafío inmediato radica en determinar si este pragmatismo será capaz de contener las fricciones latentes y garantizar su propia sostenibilidad.

Bajo esta premisa, el éxito de la cooperación en materia de reabastecimiento, cuya reactivación se prevé para principios de este mes de junio, supondría un modesto paso al frente. Por el contrario, un nuevo naufragio debido a las tensiones territoriales o al rechazo de la opinión pública no haría más que evidenciar ante la comunidad internacional los límites insuperables de la entente bilateral. Actualmente, la relación entre Corea y Japón se sostiene sobre un realismo político extremadamente inestable: "cooperar por necesidad, pero sin confianza". Hoy más que nunca, se vuelve imperioso disociar los contenciosos históricos y territoriales de la agenda pragmática, profundizando la cooperación en las áreas viables y gestionando con destreza los focos de confrontación.

Hosaka Yuji es un politólogo surcoreano de origen japonés que dictó cátedra en la Universidad de Sejong desde 1998. En reconocimiento a sus extensas investigaciones y activismo en torno a la soberanía del islote de Dokdo, fue condecorado con la Orden del Mérito Civil de la República de Corea. Tras ejercer durante 28 años como profesor en la Universidad de Sejong, desde marzo de 2026 se desempeña como profesor distinguido del programa de posgrado en Administración Pública de la Universidad de Corea y como director honorario del Instituto de Investigación de Dokdo de la Universidad de Sejong.