Los ciudadanos coreanos exigen la dimisión del entonces presidente Yoon Suk Yeol por su declaración de la ley marcial, durante una vigilia con velas, el 6 de diciembre de 2024, cerca de la Asamblea Nacional, en Seúl. | Agencia de Noticias Yonhap
Por Lee Keunse
Profesor del Colegio de Estudios Generales de la Universidad de Kookmin
A principios de febrero de este año, la sociedad civil coreana fue nominada al Premio Nobel de la Paz. Politólogos de prestigio internacional la postularon de manera conjunta ante el comité Noruego, coincidiendo en que el proceso de superación de la crisis constitucional, causada por la declaración del "Estado de Emergencia del 3 de diciembre de 2024", se ha erigido como un paradigma global, ya que fue resuelto mediante la movilización ciudadana y los cauces legales e institucionales, sin suscitar ningún brote de violencia.
No obstante, más allá de los reconocimientos externos como este prestigioso galardón, los sucesos del 3 de diciembre nos exigen confrontar la vulnerabilidad subyacente detrás de la democracia procedimental y reflexionar profundamente sobre las estructuras más arraigadas de nuestra cultura política.
Como comunidad histórica, la República de Corea ha enfrentado innumerables amenazas totalitarias que buscaron subordinar al individuo frente al Estado, atravesando la opresión del período colonial japonés, la devastación de la Guerra de Corea y el control férreo de las dictaduras militares. El Estado de Emergencia del 3 de diciembre de 2024 no solo representó un retroceso autoritario, sino que resucitó los espectros del totalitarismo que acechan nuestra historia. El pluralismo, pilar fundamental de la democracia liberal, persigue la multidimensionalidad social a través del derecho a la diferencia, la tolerancia ante el disenso y la diversidad de pensamiento y expresión; asimismo, concibe el conflicto derivado del diálogo como una utilidad pública preferible a la parálisis impuesta por el control del pensamiento y el lenguaje. Sin embargo, los promotores de la crisis se mostraron incapaces de tolerar un pluralismo que consideraban superficialmente ineficiente e intentaron erradicar a la oposición por la fuerza, atribuyéndose una legitimidad exclusiva. La suspensión de las actividades de los partidos políticos y del Parlamento, sumada al control de la libertad de expresión estipulados en los decretos del Comando del Estado de Emergencia, constituyeron signos inequívocos de una ideología totalitaria que erige al Estado como una instancia absoluta y anula toda diversidad.
Al borde del abismo y ante la inminencia de una regresión autoritaria, la denominada "K-democracia" dio un paso hacia adelante al superar con madurez la parálisis constitucional. Toda esta secuencia de acontecimientos —desde la movilización ciudadana, la votación parlamentaria para revocar el estado de emergencia, el juicio político del entonces presidente Yoon Suk Yeol y su fallo ratificatorio del Tribunal Constitucional, hasta las elecciones presidenciales anticipadas y la consecuente alternancia de Gobierno— se fundamentó estrictamente en los procedimientos institucionales. Con el posterior procesamiento judicial de los principales responsables, la Administración Lee Jae Myung recuperó la estabilidad. Este itinerario demuestra que el espíritu democrático se encuentra profundamente internalizado en nuestro pueblo y que la "democracia procedimental" opera con solidez en la República de Corea.
Ahora nos corresponde asumir estos rasgos totalitarios latentes en nuestra historia como una lección del pasado, evaluando si realmente hemos propiciado un entorno democrático y pluralista en el tejido social; es decir, en su dimensión cultural. Y es que la democracia trasciende los mecanismos institucionales que limitan el abuso del poder, exigiendo un verdadero espacio de debate público sobre el rumbo de la comunidad. Al fin y al cabo, en las acciones humanas no existen certezas absolutas; siempre permanece abierto un margen de indeterminación, disenso y multiplicidad de juicios.
La democracia entraña la difícil tarea de reconciliar las convicciones con la incertidumbre. No obstante, cuando una convicción es considerada simplemente como una opinión más entre tantas, y las diversas corrientes de pensamiento se debaten a la luz de su historicidad, la comunidad goza de un dinamismo genuino. El propio Estado, al reconocer la legitimidad de un foro de discusión abierto, se autoimpone límites y se transforma en el sustrato que respalda esta cultura democrática. Esto implica aceptar la divergencia y los conflictos de intereses como parte de la multidimensionalidad social. Lejos de caer en el pesimismo ante el conf
La actual Administración Lee, regida bajo el principio de la soberanía popular, ha prometido erradicar las pugnas beligerantes basadas en el odio y la confrontación, comprometiéndose a edificar una democracia semejante a un "bosque saludable" que fomente las voces disidentes, asumiendo la diversidad y la crítica como elementos vitales del sistema. Asimismo, ha manifestado su determinación de lograr la unidad nacional y el crecimiento económico mediante el impulso de consultas públicas, cabildos y deliberaciones conjuntas que no eludan el conflicto. Para ello, apuesta por una política pragmática, desprovista de dogmatismos ideológicos y faccionalismos, cuyo único norte sea el bienestar del Estado y de sus ciudadanos.
En su primer año de mandato, la Administración Lee ha cosechado logros notables tanto en el área administrativa como en la económica, guiada por una firme política pragmática. Ejerciendo una sólida capacidad ejecutiva para reordenar los asuntos de Estado, el Gobierno ha concentrado sus esfuerzos en asegurar que las políticas públicas impacten positivamente en la vida cotidiana de la población. Asimismo, mediante diversas iniciativas destinadas a dinamizar los mercados de capitales y fortalecer la industria de la inteligencia artificial (IA), ha propiciado las condiciones idóneas para impulsar la tendencia alcista del Índice Compuesto de Precio Bursátil de Corea (KOSPI, por sus siglas en inglés).
El propio presidente Lee ha enfatizado que la administración consiste en "ejecutar lo ya establecido", mientras que la política radica en "abrir nuevos caminos donde no los hay". Para que los éxitos administrativos y económicos no se reduzcan a un efecto efímero, resulta imperativo consolidar las raíces más profundas de la "cultura democrática", más allá de la democracia como mera institución. Sin el respaldo de un entorno cultural democrático, incluso el diseño institucional más sofisticado corre el riesgo de volverse vulnerable en cualquier momento ante la opacidad del poder. El poder político, al tiempo que se materializa en instituciones, tiende a cosificarse y encierra siempre un peligro intrínseco debido a su naturaleza como objeto de disputas facciosas. Históricamente, los defensores del autoritarismo han instrumentalizado las fisuras de esta opacidad inherente al poder político para socavar los regímenes democráticos.
La "K-democracia" debe avanzar hacia un "diálogo robusto" capaz de estructurar la cultura democrática. Un claro ejemplo de esto son las cuatro grandes iniciativas de cooperación propuestas recientemente por el presidente Lee en la cumbre bilateral entre Corea y China, como parte de su política de coexistencia pacífica en la península coreana. Entre ellas, destaca el profundo significado estratégico del proyecto de construcción de una red ferroviaria de alta velocidad que conecte Seúl, Pionyang y Pekín, diseñado para hallar vías de entendimiento en medio de un rígido escenario de hostilidad. Para romper con los vicios del pasado, donde los regímenes autoritarios construían un enemigo externo para encubrir sus crisis internas, se requiere una capacidad cultural que permita incorporar el diálogo como una herramienta sólida para la resolución de conflictos, incluso ante una marcada divergencia de ideales. Cuando la ciudadanía es testigo de este proceso de diálogo autorreflexivo por parte del poder, la democracia logra permear el conjunto de la sociedad en su dimensión cultural.
Un entorno democrático pluralista se consolida cuando el Gobierno mantiene canales de comunicación eficaces. Que el propio Estado reconozca y sostenga un foro de debate abierto constituye la medida preventiva fundamental contra el abuso de poder y la arbitrariedad de la autoridad estatal. Cimentar las bases culturales de la democracia a través de un diálogo efectivo con la oposición, por más incómoda que esta resulte, es el único camino para clausurar de raíz la posibilidad de que tragedias como un levantamiento interno vuelvan a repetirse en suelo coreano, fortaleciendo así la "K-democracia" que ha concitado el elogio de la comunidad internacional.
Lee Keunse es doctor en filosofía por la Universidad Católica de Lovaina en Bélgica y ha dictado cátedra en la Escuela Superior de Traductores e Intérpretes de Bruselas. Actualmente, se desempeña como profesor en el Colegio de Estudios Generales de la Universidad Kookmin, donde imparte clases de filosofía cultural de oriente y occidente, filosofía moderna occidental y filosofía francesa. Asimismo, ejerce como director del Instituto de Investigación de Diseño de Educación General de dicha universidad y como director del Centro de Estudios Monclar sobre la Guerra de Corea.