Por la reportera honoraria Marina Bernaola de Uruguay
Los libros 'El astillero', de Juan Carlos Onetti, y 'Flor de loto', de Kim Young-ha, representados en una imagen generada por inteligencia artificial.
En el mapa literario global, Uruguay y Corea suelen percibirse como territorios lejanos y desconectados. Sin embargo, en la última década ha comenzado a trazarse entre ambos un puente silencioso, construido no tanto por la cercanía geográfica como por una afinidad emocional y temática que atraviesa sus literaturas contemporáneas.
Este vínculo no se explica únicamente por el auge de la literatura coreana en América Latina, impulsado en parte por el fenómeno del K-pop y la cultura popular. Existe, más bien, una resonancia profunda que permite que autores de ambas tradiciones dialoguen desde experiencias históricas distintas, pero emocionalmente comparables.
La melancolía como lenguaje compartido
Si Uruguay ha desarrollado una sensibilidad marcada por la introspección, la quietud y cierta melancolía rioplatense presente en autores como Juan Carlos Onetti, Corea articula una experiencia emocional similar a través del concepto de han. Este término cultural coreano alude a una mezcla de tristeza contenida, resignación y esperanza, surgida de siglos de conflictos, pérdidas y divisiones colectivas.
Ambas literaturas se encuentran en ese territorio de silencios y tensiones no resueltas. Mientras la narrativa uruguaya ha explorado históricamente el gris cotidiano y la derrota íntima, la literatura coreana contemporánea que llega al Cono Sur —como la de Han Kang, ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2024— aborda el trauma, el cuerpo y la fragilidad humana desde una delicadeza que resulta reconocible para el lector uruguayo.
Trauma histórico y memoria colectiva
Otro punto de contacto fundamental es la forma en que ambos países procesan su historia reciente. En Uruguay, la dictadura militar, el exilio y la desmemoria han dejado una huella profunda en la producción literaria. En Corea, la Guerra de Corea, la división de la península y la transición democrática marcan de manera decisiva la narrativa contemporánea.
Este paralelismo facilita una lectura empática. El lector uruguayo, familiarizado con relatos de pérdida, silencios impuestos y reconstrucción identitaria, encuentra en los personajes coreanos una experiencia cercana: sujetos atrapados entre la tradición y una modernidad acelerada, entre el pasado no resuelto y un presente exigente.
Onetti y Kim Young-ha: arquitectura del vacío
La comparación entre Juan Carlos Onetti y Kim Young-ha no responde a un ejercicio académico forzado, sino a una afinidad estructural. Ambos autores construyen universos narrativos donde la modernidad aparece como un espacio de aislamiento más que de progreso.
Onetti creó Santa María, una ciudad gris y asfixiante donde los personajes habitan la derrota con una extraña dignidad. Kim Young-ha, por su parte, retrata la Seúl contemporánea como una metrópolis hipermoderna que, pese a su tecnología y dinamismo, funciona como una jaula de soledad.
En La vida breve, el protagonista de Onetti recurre al desdoblamiento para escapar de una realidad opresiva. En Tengo derecho a destruirme, Kim Young-ha presenta a un narrador que acompaña a otros en su decisión de abandonar la vida dentro de una sociedad que exige éxito constante pero ofrece vacío emocional. Ambos exploran la alienación urbana y la sensación de estar rodeados de gente sin lograr conexión real.
El anti-héroe y la ética de la derrota
Los personajes de Onetti no buscan triunfar; buscan resistir. De forma similar, Kim Young-ha rompe con la imagen del sujeto coreano hiperproductivo para mostrar figuras que fracasan, se rinden o adoptan el cinismo como mecanismo de defensa.
Existe una conexión estética en su tratamiento del nihilismo. Mientras Onetti escribe desde la lentitud —el café, el cigarrillo, la habitación cerrada—, Kim Young-ha lo hace desde la frialdad del asfalto, el arte conceptual y la desconexión emocional. Dos escenarios distintos para una misma sensación de desarraigo.
¿Por qué nos leemos?
El lector uruguayo encuentra en Kim Young-ha una versión acelerada y digital de sus propios fantasmas. Y si Kim Young-ha leyera a Onetti, probablemente reconocería en su obra ese han del que habla la cultura coreana: una pena que no se grita, sino que se asimila en silencio.
La relación literaria entre Uruguay y Corea demuestra que la universalidad de la literatura no depende de la cercanía física. Se trata de dos pueblos que utilizan la palabra para procesar heridas históricas y encontrar belleza en la melancolía cotidiana. En las mesas de luz de Montevideo, entre un termo y un mate, los nombres de autores coreanos ya no suenan lejanos; suenan, más bien, a un espejo inesperado.
kimhyelin211@korea.kr
Este artículo fue escrito por una reportera honoraria de Korea.net. Nuestro grupo de reporteros honorarios es de todo el mundo y trabaja para compartir su afecto y entusiasmo hacia Corea.